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Liderazgo · PERSPECTIVAS XPERTISE

10 señales de que estás minimizando a tu equipo (aunque creas que lo estás liderando)

No siempre un líder minimizador es un mal líder. El problema aparece cuando sus fortalezas ocupan tanto espacio que dejan poco lugar para que los demás crezcan.

Integrantes de un equipo colaboran en una actividad de trabajo
Liderazgo · Una mirada para tu empresa.

No siempre un líder minimizador es un mal líder. De hecho, muchas veces sucede exactamente lo contrario: suele ser una persona comprometida, responsable, exigente, rápida para resolver, con experiencia y un enorme conocimiento de su negocio. El problema aparece cuando esas mismas fortalezas comienzan a ocupar tanto espacio que dejan poco lugar para que los demás piensen, decidan, se equivoquen, aprendan y crezcan. Un líder puede tener excelentes intenciones y, sin embargo, generar dependencia. Puede querer ayudar y terminar anulando. Puede pretender asegurar resultados y construir un equipo que sólo funciona cuando él está presente. Por eso, además de preguntarnos si somos buenos líderes, quizás deberíamos hacernos una pregunta un poco más incómoda: ¿qué efecto produce nuestra manera de liderar en las personas que trabajan con nosotros?

Una primera señal aparece cuando sentimos que terminamos haciendo demasiado personalmente. “Es más rápido si lo hago yo”, “explicarlo me lleva más tiempo”, “si no lo controlo no sale bien”. Probablemente muchas veces sea cierto. El problema es que cada vez que resolvemos algo que otra persona podría aprender a resolver ganamos algunos minutos hoy, pero podemos estar perdiendo autonomía mañana.

El problema es que cada vez que resolvemos algo que otra persona podría aprender a resolver ganamos algunos minutos hoy, pero podemos estar perdiendo autonomía mañana.

Algo parecido ocurre cuando corregimos antes de que la otra persona termine su razonamiento. Vemos rápidamente el error, anticipamos la solución y la ofrecemos. El resultado inmediato puede ser bueno, pero con el tiempo la persona aprende algo peligroso: antes de pensar demasiado, conviene esperar la respuesta del jefe.

Otra señal es tener respuesta para prácticamente todo. El conocimiento es una fortaleza, pero cuando el líder habla siempre primero, el equipo empieza lentamente a dejar de pensar en voz alta. No porque no tenga ideas, sino porque ya conoce quién posee “la respuesta correcta”.

También minimizamos cuando confundimos velocidad con efectividad. Resolver rápido no necesariamente significa liderar bien. A veces una conversación de veinte minutos en la que alguien construye una solución vale organizacionalmente mucho más que una respuesta brillante dada en treinta segundos.

Otra señal frecuente es delegar tareas, pero no decisiones: la persona puede ejecutar, preparar, llamar, informar o producir, pero cualquier cuestión relevante vuelve inevitablemente al jefe. Eso no es verdadera autonomía; es distribuir trabajo mientras se mantiene centralizado el pensamiento.

Eso no es verdadera autonomía; es distribuir trabajo mientras se mantiene centralizado el pensamiento.

También conviene observar qué hacemos frente a un error. Si nuestra primera conclusión es “no sirve”, “no entiende”, “es desorganizado”, “no tiene actitud” o “no está preparado”, quizá estemos transformando demasiado rápido un comportamiento en una definición sobre la persona. Los líderes también tenemos sesgos y, cuanto mayor es nuestra experiencia, más fácil resulta creer que nuestro diagnóstico inicial necesariamente es correcto. Antes de etiquetar conviene preguntarse cuánto del resultado tiene que ver con capacidad, cuánto con contexto, cuánto con falta de claridad, cuánto con entrenamiento insuficiente y cuánto con nuestra propia forma de conducir.

Otra señal aparece cuando reemplazar se transforma siempre en la primera alternativa. Hay personas que efectivamente no funcionan en determinados puestos y situaciones en las que cambiar es necesario, pero también existe una fantasía bastante extendida: creer que detrás de cada colaborador imperfecto hay un candidato ideal esperando entrar a la organización. A veces seleccionar nuevamente, incorporar, formar y adaptar a una persona es muchísimo más costoso que desarrollar a quien ya tenemos.

También minimizamos cuando exigimos capacidades que nunca terminamos de enseñar. Queremos autonomía, criterio, proactividad, responsabilidad, visión de negocio y capacidad para decidir, pero muchas de esas competencias requieren contexto, práctica, acompañamiento y feedback. Exigir sin desarrollar puede producir obediencia; difícilmente produzca crecimiento.

Otra señal poderosa aparece cuando nuestro equipo funciona extraordinariamente mientras estamos presentes y se paraliza cuando nos vamos. Esto puede alimentar nuestro ego porque confirma lo importantes que somos, pero organizacionalmente es una debilidad. Una de las mejores medidas del liderazgo no es cuánto nos necesita una organización mientras estamos, sino cuánto puede seguir funcionando cuando no estamos.

Finalmente existe una señal mucho más silenciosa: las personas cumplen, entregan, respetan instrucciones y aparentemente todo funciona, pero dejaron de sorprendernos. Ya no aparecen demasiadas ideas nuevas, cuestionamientos, soluciones diferentes o iniciativas inesperadas. Cuando esto sucede conviene preguntarse si realmente el equipo perdió talento o si nuestra manera de conducir fue ocupando progresivamente todo el espacio disponible.

¿las personas que trabajan con nosotros terminan siendo más capaces después de haber trabajado con nosotros?

Multiplicar no significa dejar hacer cualquier cosa, bajar la exigencia, abandonar el control ni aceptar un mal desempeño. Un líder multiplicador puede ser profundamente exigente. La diferencia es que utiliza esa exigencia para expandir capacidades y no solamente para obtener cumplimiento. Tal vez uno de los desafíos más difíciles del liderazgo sea aceptar que aquello que nos hizo exitosos individualmente puede convertirse en aquello que impide crecer a nuestro equipo. Por eso quizás la pregunta final no debería ser cuánto resolvemos nosotros, sino otra bastante más importante: ¿las personas que trabajan con nosotros terminan siendo más capaces después de haber trabajado con nosotros? Si la respuesta es sí, probablemente estemos liderando. Si la respuesta es no, quizás simplemente estemos resolviendo.

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